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Mi
infancia transcurrió en una pequeña ciudad, que se extiende perezosa,
a lo largo de una bahía, una ciudad con muchos árboles, bastante
al sur. Una ciudad que a muy pocos turistas se les ocurre visitar.
Mi
infancia transcurrió casi toda antes de la televisión, así que por
eso (y por fortuna) estuvo llena de cuentos. Entre los cuentos que
más recuerdo están los del Vizconde de la Mazorca y la muñeca Emilia.
Dos personajes inolvidables, fabulosos.
El Vizconde de la Mazorca era una mazorca de maíz con cabeza, piernas
y brazos (y sombrero) a quien Cupido, distraído, había flechado
cuando estaba solo. Así el Vizconde de la Mazorca había quedado
para siempre enamorado del amor.
La
Muñeca Emilia, personaje principal, era una muñeca de trapo que
tenía una varita mágica disfrazada. Se sospechaba siempre --pero
nunca se comprobó-- que se trataba de un hada de incógnito.
La varita mágica de la muñeca Emilia es de lo que les quería hablar.
Era una varita mágica disfrazada, y consistía en una frase: "haz
de cuenta que". Cada vez que la muñeca Emilia estaba en apuros --que
era casi siempre, porque se metía en unos líos terribles-- recurría
a su varita mágica. Entonces, cuando ella decía: "haz de cuenta
que va a pasar tal cosa..." pasaba. O cuando decía: "haz de cuenta
que aquí había esto otro..." aparecía.
El
Psicodrama tiene, como la muñeca Emilia, su varita mágica disfrazada.
Con ella los psicodramatistas podemos, como hadas de incógnito,
incursionar en la magia. El espacio dramático se transforma en mil
lugares, los integrantes del grupo en mil personajes, el día de
hoy en cualquier época pasada o futura: como si éste fuera el jardín
de tu casa, como si ella fuera tu mamá, como si fueras chico. Es
una varita mágica disfrazada de concepto: "como si".
En un grupo en el que se trabaja con Psicodrama, hay siempre un
momento mágico. Son momentos inolvidables, y en general muy simples.
El primero de estos momentos que puedo recordar, lo viví como integrante
de un grupo, en una de mis primeras experiencias de psicodrama,
con mi profesor Dalmiro Bustos. Estaba él en el espacio dramático
improvisado en un garaje donde nos reuníamos, y junto a él una protagonista,
una mujer joven a la que ya no identifico bien. Bustos preguntó,
refiriéndose a la escena, dónde estábamos, qué lugar era ése y ella
dijo que era la puerta de su casa. Bustos preguntó cómo era esa
puerta y ella dibujó con sus dedos en el aire un marco de puerta.
Todos contuvimos el aliento, mientras el marco dibujado en el aire
adquiría volumen y profundidad: era una entrada.
Muchos
años más tarde, ocupando yo el lugar de director de psicodrama,
he contribuido a que se repita este acto de magia, que nunca es
igual a sí mismo. Hay por ejemplo, un grupo de psicólogos que estudian
psicodrama. En una de las primeras clases, una de las integrantes
propone representar una merienda familiar. Elige uno a uno a todos
sus compañeros para que representen a los personajes reunidos alrededor
de la mesa. Cuando están todos, yo pregunto qué hay sobre la mesa,
y ella contesta "hay atole y gorditas de piloncillo que hizo mamá".
Alrededor de esa mesa, el grupo contiene también por un segundo
el aliento, mientras todos los sabores de infancia flotan en la
merienda imaginaria y el grupo nuevo comienza a compartir la intimidad
de una familia. Ningún relato puede apresar así un momento de la
experiencia vivida. Una escena es siempre mucho más elocuente que
miles de explicaciones. La magia se da cuando el grupo capta vivencialmente
el "como si" del psicodrama.
Como
si esta fuera la puerta de mi casa y todos pudiéramos entrar Como
si esta fuera la mesa de la casa de mi infancia, y mamá hubiera
hecho la merienda para todos.
Y lo interesante es que este acto de magia se da con la naturalidad
del "haz de cuenta" de la muñeca Emilia. Porque ella usaba la varita
mágica en los momentos oportunos, sólo en caso necesario, no en
cualquier momento. Las circunstancias la convertían en hada, y por
otra parte, su condición de hada nunca se confirmaba en sus cuentos.
Era una sospecha. Emilia era una muñeca de trapo. ¿Quieren ustedes
algo más modesto?
Con
esta modestia me gustaría describir al psicodramatista. No como
un mago, sino como un modesto coordinador de grupos a quien las
circunstancias:
la máxima espontaneidad y creatividad posible propia y del grupo
otorgan una varita mágica disfrazada de "como si". Como alguien
que no rehusa la opción de la magia y de aprender a usarla oportunamente,
sólo en caso necesario, con modestia y humildad.
En
el momento oportuno. Porque momento es otro de los conceptos claves
del Psicodrama. Moreno, su creador lo definió como:
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